domingo, 22 de octubre de 2017

Carmen Valero: relato "Del barranco del Lobo a Tierra del Fuego"






Carmen Valero

            22.10.17 .- Mi padre, Antonio, nos lo cantaba o tarareaba con frecuencia: En el Barranco del Lobo/ hay una fuente que mana/ sangre de los españoles/ que murieron por España. Pobrecitas madres/cuanto llorarán/al ver que sus hijos/ a la guerra van./ Ni me lavo, ni me peino/ ni me pongo la mantilla, hasta que venga mi novio/ de la guerra de Melilla./ Melilla ya no es Melilla, Melilla es un matadero/ donde van los españoles/ a morir como corderos.
            Antonio Valero aprendió la canción de sus padres, Juan Valero y Julia de la Vega, que eran novios cuando Juan tuvo que ir a luchar a las sangrientas guerras del Rif en el norte de África, auténtica tumba de soldaditos españoles, carne de cañón frente a los feroces rifeños que conocían bien el territorio de sus montañas. Y todo por defender la Compañía Española de Minas del Rif, de las que era propietario el conde de Romanones, ministro a la sazón en la España decadente de su viejo Imperio. Por eso, algunos españoles del sur entonaban la copla:
Los obreros de la mina
están muriendo a montones
para defender las minas
del conde de Romanones
que luego los asesina.

            Las cabilas rifeñas eran belicosas y sus deseos de independencia respecto al Sultán de Marruecos las llevaba a encarnizados asaltos  que pillaban a las escasas tropas españolas desprevenidas, aliadas con aquel sultán. Los españoles morían como chinches en la tierra reseca e inhóspita del norte África, que acabó en 1909 con el Desastre del Barranco del Lobo en las estribaciones del monte Gurugú, del que Juan Valero salió ileso de milagro como a él le gustaba decir. El Gobierno de Madrid no permitía tomar posiciones de defensa de los trabajadores de las minas, frente a los insurgentes rifeños, lo que constituyó un craso error. El Gobierno, con ingenuidad irresponsable, sólo pedía calma y apaciguamiento como si eso fuera tarea fácil en la caldera hirviente del Rif, con temperaturas de calor insufribles, de hasta 50 grados en verano, muchas veces sin agua y sin comida suficientes. La declaración de guerra santa por parte de los rifeños, en su totalidad musulmanes, fue ya el desiderátum de la catástrofe. Las manos españolas, atadas por el Gobierno, permitían a aquellos atacar en los puntos más estratégicos del territorio montañoso en el momento más inesperado. Los francotiradores apostados en las alturas y las emboscadas en los pasos montañosos eran capítulos añadidos al polvorín de la situación.
            Lo único que levantaba los ánimos de los soldados eran las cartas que llegaban de España, siempre con retraso, de novias, padres o hermanas, en las que les daban noticias de la familia y ánimo para engrosar la débil esperanza de volver a verlos. Juan Valero recibía las cartas de su novia Julia de la Vega Nogueroles, que suvizaban su espíritu y le hacían soñar con el regreso para ser felices juntos, lejos de la maldita tierra africana abrasada por el sol. Julia era la muchacha más bella y dulce que Juan había conocido en su vida; fue un afortunado al encontrarse con aquella mujer hermosa y leal como un ángel, en su mismo barrio castizo de Lavapiés. Julia era una muchacha morena, menuda de figura y bien proporcionada, con una cara bonita y andares garbosos. Lo mejor eran sus ojos color miel y su sonrisa siempre pronta para agradar a quien tenía la fortuna de hablar con ella. Juan dormía cada noche con el retrato de Julia en el pensamiento.
            El Desastre del Barranco del Lobo, en medio del fuego del mes del julio, fue una carnicería por parte de ambos contendientes. Los españoles sufrieron más de 150 bajas y casi 600 heridos, entre ellos cierto número de oficiales. Juan Valero contaba que se salvó, porque la providencia le tenía reservado un esperanzador viaje a América, tierra de promisión para muchos españoles pobres, desheredados y traumatizados de las guerras africanas. La nostalgia por los camaradas muertos en combate hacía que Juan tararease con frecuencia y sin casi apercibirse de ello la vieja canción:
            En el Barranco del Lobo/ hay una fuente que mana/ sangre de los españoles/ que murieron por España. Pobrecitas madres/cuanto llorarán/al ver que sus hijos/ a la guerra van./ Ni me lavo, ni me peino/ ni me pongo la mantilla, hasta que venga mi novio/ de la guerra de Melilla./ Melilla ya no es Melilla, Melilla es un matadero/ donde van los españoles/ a morir como corderos.
            A su regreso, Juan Valero se casó con Julia, la novia que le esperaba en Madrid y le escribía cartas de amor cuando era soldadito español en África. Como no tenía más oficio a la vista, Juan se reenganchó como militar en el ejército para poder salir adelante y alimentar a su mujer y a su hijo Antonio que nació al año de su matrimonio. Un militar de puchero, se llamaba entonces a los que se enganchaban al ejército para poder salir adelante en la vida.

            La idea del viaje a América no se iba de los planes de Antonio y Julia, pero el papeleo se hacía de rogar. Al fin lograron un pasaje a la Argentina, adelantado por un estanciero de Tierra de Fuego, en el cono sur argentino, que admitía a los dos como empleados: Antonio como bracero y Julia como cocinera. La pareja se sentía joven y fuerte y firmó aquel contrato con más esperanza que conocimiento de a qué se comprometían

            Antonio era ya un niño inteligente, que con cinco años embarcó con ellos a la Argentina, pese a que los abuelos maternos y paternos, querían que el pequeño se quedara en España con ellos, hasta que el matrimonio se asentara en tierra extraña. Cuando el barco zarpó y la visión del puerto de Sevilla se desdibujaba, el niño Antonio, gozoso y dispuesto al sentir que el barco zarpada, repetía desde la barandilla de cubierta agitando un pañuelo blanco: Adiós Madrid, que no te veo, ni a mi abuela ni a mi abuelo. Esto es Sevilla, le decía su madre, pero el repetía Adiós Madrid, que no te veo, ni a mi abuela ni a mi abuelo, porque para él no existía más ciudad que la de su nacimiento.

*****
Tierra del Fuego. Argentina 

            Argentina, cinco veces España, tenía infinitas tierras para cultivar; Antonio y Julia alcanzaron al fin su destino esperado. La estancia Nuestra Señora de Luján contaba, por un lado con asentamientos de colonos europeos que había introducido el ganado lanar y, por otro, con grandes extensiones de bosques, explotaciones de minas y loberos. Juan Valero tuvo que adaptarse rápidamente a las nuevas tareas, en primer lugar aprendió a montar a caballo para poder recorrer cabalgando las grandes extensiones de la estancia. En África, él había servido en la fiel Infantería.
            Los braceros de la estancia eran en su mayoría solteros, hombres llegados del País Vasco, de Andalucía y Canarias, algunos había dejado en España novias o esposas que les enviaban cartas de amor. Apenas si había familias en el poblado. Los pocos niños que revoloteaban por el lugar aprendían a leer, escribir y a contar de labios de una mujer vasca ilustrada con mucho carácter, que cobraba un pequeño estipendio por aquella docencia sin pedagogía alguna. Antonio era de los niños más pequeños y recién llegados a la improvisada escuela, a la que acudía no sin cierto temor reverencial ante la enérgica vasca.
            Julia, mujer amable y voluntariosa, servía la cena a los braceros que salían de madrugada a sus tareas ganaderas o agrícolas y regresaban hambrientos al poblado al caer la tarde. Algunos permanecían alejados varios días, debido a las grandes distancias de la propiedad. El comedor de la estancia era el hogar de todos aquellos hombres sin familia cercana, que soñaban con los guisos olorosos y sabrosos de Julia y, sobre todo con su semblante risueño a la hora de servir los platos. Todos la miraban con buenos ojos, unos con arrobo, otros con envidia hacia su esposo, otros con deseo, otros con esperanzas vanas… Juan Valero se percataba de todas aquellas miradas y no le gustaba. El era un hombre de honor, un militar español y en asuntos de amor, como un moro africano, como Otelo. Cada vez que él se alejaba del poblado temía lo peor para su mujer, por parte de alguno de aquellos hombres ansiosos a falta de hembras en aquella inhóspita Tierra de Fuego. Uno de los días, al terminar la jornada, Juan regresó al poblado y vio a su esposa visiblemente nerviosa y le interrogó. Ella estalló en llanto y dijo que uno de los braceros la había acosado insistentemente en su ausencia. Juan se citó en duelo con él, que, asustado, huyó del poblado. Juan le pidió a su mujer que, a partir de ese momento no fuera amable, simpática ni sonriente con los braceros. Ese sería su principal escudo frente a los hombres, que siempre interpretan la sonrisa femenina como una invitación a la intimidad.
            La situación en la estancia se fue convirtiendo en un sin vivir. Julia comenzó a perder su sonrisa, su amabilidad; se la veía nerviosa, siempre con miedos. Juan aumentaba sus temores y desconfianzas a medida que se alejaba de ella. Un atardecer creyó que otro bracero estaba coqueteando con su mujer y arremetió contra él. Los otros pamperos los separaron. Juan sufrió un infarto y desde entonces comenzaron sus problemas de corazón.
            -Señor Valero, la falta de hembras en esta tierra perdida nos está volviendo locos, le dijo uno de los braceros a Juan, cuando se recobró de su ataque, que fue el primero de otros sucesivos.

            Juan y Julia decidieron regresar a España y abandonar aquella dura Tierra del Fuego; quedarse en ella no garantizaba el éxito, regresar tampoco se consideraría un fracaso. Madrid les esperaba después de cinco años de ausencia. Allí nació su segundo hijo, Ángel y más adelante su tercer hijo Luis, que habría de morir ahogado en una poza del madrileño río Jarama a los diecisiete años en 1930, en un día prometedor de excursión que acabó en tragedia.
           
*****

            El abuelo Juan ya no pudo incorporarse a su puesto en el ejército, su salud tampoco le permitía ejercer otra profesión. Fue su esposa Julia, junto a su hermana Concha de la Vega, las que se pusieron a trabajar como costureras para diversas tiendas. Las dos mujeres dejaron sus ojos en la aguja, el hilo y la puntada, pero sacaron adelante a los hijo Antonio y Ángel, que llegaron a ejercer como abogados, incluso sostuvieron en la casa a Fulgencia Manzanares como criadita, una muchacha del barrio que estaba sin trabajo.

            Cuando yo nací en 1944 el abuelo Juan Valero renovó la esperanza ante su primera nieta. Todos los días se paseaba desde Lavapiés a la calle Santiago para contemplar a su nieta y yo profesaba un gran afecto al abuelo Yan, que así era como le llamaba con la lengua de mis pocos años. Él se ocupaba de llevarme a pasear a la cercana Plaza de Oriente, para montarme en el carro tirado por un burrito, al que llamábamos el tilín, porque tenía unas campanillas y cascabeles que pendían del toldo y que los niños disputábamos por hacerlas sonar. El burrito daba la vuelta completa a la plaza de Oriente y se detenía ante el Teatro Real, siguiendo hacia la calle Ramales y regresaba de nuevo al inicio en la plaza, que en aquellos años no era peatonal.
            En familia se cuenta que un día el abuelo Yan se desplomó en el pasillo y, pese a mis pocos años, acudí con celeridad a mamá, que estaba en su cuarto, para decirle que el abuelo Yan se había caído. Sus ataques al corazón se hicieron cada vez más frecuentes. En sus últimos años en Madrid, el abuelo Juan ya solo podía dejarse invadir por la melancolía de la vida que, en su trayectoria, tenía dos hitos clave: el Desastre del Barranco del Lobo en África y la Tierra del Fuego en Argentina. A veces se le oía tararear:


            En el Barranco del Lobo/ hay una fuente que mana/ sangre de los españoles/ que murieron por España. Pobrecitas madres/ cuanto llorarán/al ver que sus hijos/ a la guerra van./ Ni me lavo, ni me peino/ ni me pongo la mantilla, hasta que venga mi novio/ de la guerra de Melilla./ Melilla ya no es Melilla, Melilla es un matadero/ donde van los españoles/ a morir como corderos. FIN


sábado, 21 de octubre de 2017

Miguel Bernal Ripoll: Concierto de órgano en la basílica del Monasterio de El Escorial







Órgano de la basílica de San Lorenzo de El Escorial


Julia Sáez-Angulo

            22/10/17 .- SAN LORENZO DE EL ESCORIAL .- El catedrático de órgano del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, Miguel Bernal Ripoll, ha interpretado un concierto de órgano en la basílica del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, organizado por Patrimonio Nacional, el Ayuntamiento de San Lorenzo y la Comunidad de Padres Agustinos.

            El evento, inscrito en tres conciertos de órgano durante los días 20 a 22 de octubre, fue presidido por Manuel Terrón, delegado de Patrimonio en el palacio monasterio de San Lorenzo, por María José Santa María, concejala de Educación del Ayuntamiento y el prior de los padres Agustinos.

            Entre los numerosos asistentes, Ángel Bolao, jefe del Departamento de Restauración de Patrimonio Nacional, José Montenegro, coordinador cultural de la Casa de Cultura, y el ingeniero argentino, residente en España,  Héctor Miguel Cavigliasso.

            Después del festival de órgano, continuaran el Festival de Escolanías los días 27 y 28 de octubre, y los días 3 y 4 de noviembre de 2017.

            El programa interpretado por Bernal Ripoll –que sustituyó al organista Roberto Fresco por asuntos personales- interpretó entre otras composiciones musicales: Tiento de batalla (punto bajo), de Joan Cabanilles –la tesis doctoral la hizo sobre este autor-; Choral Ein feste Burg ist unser Gott BWV 720 de Johann Sebastian Bach, o Letanies de Jehan Alain.




MATILDE ALONSO EXPONE SU PINTURA EN LA GALERÍA ORFILA


 DEL 26 DE OCTUBRE AL 18 DE NOVIEMBRE


Matilde Alonso Salvador, pintura

L.M.A.

21.10.17 .- MADRID .- Matilde Alonso Salvador presenta una exposición, en cierto modo antológica, de las obras que ha realizado en los últimos siete años. Pinturas acrílicas y técnicas mixtas, preferentemente sobre tabla, son la sustentación de una dicción de raíz expresionista en la que lo mediterráneo y su cultura, aliados esos componentes con un magicismo en algunos momentos narrativo y con más frecuencia introspectivo e intimista -figuras femeninas que vindican una subjetividad a la vez sensual y reflexiva -, definen una actitud plástica en la que la contraposición figuración-abstracción ha dejado de existir.

Arquitecto y urbanista, Matilde Alonso Salvador se formó en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Valencia, ciudad en la que reside y en la que realizó sus primeras exposiciones individuales (Colegio de Arquitectos, galerías La Nave 10 y del Palau). Profesora Titular de esta Universidad, ha impartido cursos de formación y es autora de varios proyectos y publicaciones sobre urbanismo sostenible en España y otros países.

Inaugurará su exposición el jueves, 26 de octubre, a las 19,30 horas.

GALERÍA DE ARTE ORFILA, 
CALLE ORFILA, 3. 28010 MADRID
                                            

Juan Díaz: La acuarela como técnica sublime de la pintura



Juan Díaz


 "Lugar de encuentros". Juan Díaz



Julia Sáez-Angulo

            21/10/17 .- MADRID .- A Juan Díaz no le gusta que le llamen acuarelista, sino pintor, como al que pinta óleo o acrílico. Para  él, la acuarela es el culmen sublime de la pintura y en un proceso progresivo de depuración, él ha llegado a la esencia de su arte que bordea la abstracción y la pureza.

            En el jardín de su estudio, en el barrio madrileño de la Guindalera madrileña, sorprendo al artista acariciando unas esculturas de hierro. “Son algunas de las obras que quiero presentar, quizás en la próxima exposición. Son objetos encontrados que he seleccionado con la mirada, manipulo  y restituyo en una presentación diferente”.

            El artista de hoy es pluridisciplinar y Juan Díaz Rubio (El Real de San Vicente, Toledo, 1953) se encuadra en ello, si bien su entrega e investigación se centran sobre todo en la acuarela, en la que ha logrado cotas de amplitud, belleza y síntesis inigualables, hasta figurar en la primera fila del género.

            Su última exposición tuvo lugar en  2016 en la galería Kreisler de Madrid, bajo el título de “Momentos íntimos”. Juan Díaz es el artista decano de la citada galería, decana en Madrid. “Al otro lado de la luz” fue el título de otra espléndida muestra que presentó en La Rioja, en el espacio expositivo de Pedro Torres, un marchante de arte que se ha jubilado recientemente, tras una trayectoria fecunda en el circuito artístico.

            El paisaje, que siempre bordea la abstracción, es el género preferido por el autor para una ejecución abierta, insinuante y sutil de forma y color.  La depuración de la forma es una de las obsesiones del pintor Juan Díaz, que pronto va a retirarse a su casa de Oyambre (Cantabria) para, desde allí, abordar las playas y el mar, además de los cercanos Picos de Europa y plasmarlos en sus acuarelas.

            Desde su casa de Cantabria contempla la playa, diferente cada día como si quisiera con ello invitarle a pintar una nueva acuarela. También ve el pico del Naranco de Bulnes, el gran atractivo de los Picos de Europa.

            Comillas es el lugar de una de sus exposiciones próximas en verano, sitio en el que cuenta con buen número de seguidores y coleccionistas que se embelesan con sus cuadros, en los que recrea los paisajes marítimos y montañosos de los alrededores.

            Especiales son las Estelas del pintor, cuando introduce la acuarela en altos cilindros transparentes con bases aparentes de nieve, playa y tierra. No siempre es el formato cuadrado. Los dípticos, incluso con bisagras forman también parte de la presentación de las acuarelas. Al igual que los cuadernos, como los de Castilla, de una gran belleza plástica.

            Otro de los empeños del pintor es la permanencia de la obra de arte a lo largo del tiempo: “los materiales tienen que ser impecables: papeles sin un átomo de acidez, resistentes y no contaminados ni siquiera por un passe-par tout inconveniente que le influya. Su empeño en un papel deseado llega al punto de buscar en Fuenterrabía a un buen artesano que le consigue el tomo ocre de un papel ruso que adquirió, que le llevó de modelo por su textura y virutas, pero necesitaba restarle su acidez para que perdurase en el tiempo. El artesano lo logró.

            “Todo este empeño me lo transmitió el pintor Requena, a quien admiré mucho y que exponía también en Kreisler”, explica el autor.

Venezia, Estambul. Patagonia, La Rioja…




            Algo singular le ocurrió también con un papel mexicano grueso, hecho a mano, de raíces, con una textura fascinante. Se lo enseñó al pintor Enrique Brikmann y este tomó un pedazo e hizo un dibujo original interactuando con los montículos y hendiduras de aquel papel. El dibujo está ahora enmarcado en el despacho del acuarelista, no lejos de otro dibujo del artista cubano Fabelo, que también estuvo en su estudio.

            Con ese papel ocre hizo una serie sobre Venezia, que fascinó a coleccionistas y visitantes. Los callejones de la ciudad de los canales cobraba en aquel soporte una magia especia, casi real por el color de sus muros. Venecia es la fuente de vedutae por excelencia; Juan Díaz no escapó a ella, como Claude de Loraine, como Canaletto…

            Estambul fue otra ciudad que también le inspiró una fértil saga de acuarelas. “Es una ciudad magnífica”, dice.

            Juan Díaz viajó en dos ocasiones a la Argentina y visitó la Patagonia y Tierra de Fuego, paisajes que plasmó en una singular serie denominada Ruta 40. “Fue gozoso representar las nubes tal y como se pueden contemplar en aquellas latitudes. Al pintor, más que “sin título”, le gusta llar “lugar de encuentro” a sus paisajes; realmente el espectador se une al autor en la obra de arte.

            La Rioja, sobre todo la sierra de la Demanda en San Millán de la Cogolla, con sus monasterios de Suso y Yuso, ha sido también una geografía recreada en su obra y disfrutada en los paseos. “Necesito pensar, concentrarme, reflexionar y es así como finalmente sé lo que quiero pintar y como hacerlo”, explica el pintor.

            “La acuarela es por encima de todo transparencia y por ello desecho lo colores terrosos de algunas marcas o la abundancia de pigmento para los oscuros, como hacen algunos. Incluso en los nocturnos deben percibirse las transparencias”, añade el artista. “Últimamente, más que dibujar, me interesa crear atmósferas y logras la esencia de lo que he mirado y quiero representar. Si sigo así, creo que llegaré a la abstracción total”.

            “El arte es un modo de comunicación, que invita y enseña a mirar”, concluye Juan Diaz, un artista que ejerció la docencia en sus inicios en la madrileña academia Faenza, donde enseñaba a los alumnos grasas, a conseguir los óxidos silicatados en grandes formatos.
           

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