sábado, 5 de octubre de 2013

Fotografías Solitar de Ena Columbié en el Palacio Ducal de Medianceli


                    





L.M.A.         
  
   Cuando algo no tiene nombre y falta una palabra para designar aquello a lo quizás nadie se atrevió a nombrar antes, Ena-poeta se la inventa.                                                                                    
Solitar es una palabra acuñada por Ena Columbié para hacer referencia a un  estado en el que el ser humano vive una especie de aislamiento o auto aislamiento, en el que incluso cuando está rodeado de otras personas logra el retiro hacia sí mismo
   
De la misma manera, cuando nos falta valor para mantener la mirada al semejante, Ena-fotógrafa nos reta a sostenerla y nos sacude el alma.
                       


 Solitar (Rostro de mujer) es una colección que se enmarca dentro de un proyecto fotográfico mayor, que tuvo su primera etapa en (Miami) junto a una serie de atardeceres del también artista Germán Guerra. La sinergia de ambos resulto ser una lírica llamada a la sensibilización, reflexión y valoración de la vida.

Esta vez, Ena Columbié nos presenta  sólo  la imagen de la mujer mediante una selección de instantáneas, tomadas en distintos puntos del continente americano. Las imágenes de la muestra, seducen y escuecen al mismo tiempo. Recogen la fortaleza de la mujer en ese  estado de autoaislamiento y hacen visible el muro psicológico que las contiene en una reclusión impenetrable.

Sería del todo insuficiente, hacer una interpretación de Solitar, como mero acto de voluntad artística en busca de  sensibilidad social hacia aquellas personas desamparadas ante las que tantas veces pasamos indiferentes. Al visitar la exposición nos damos cuenta de que estamos ante una obra que nos lleva más allá de la denuncia social.
No es una exposición protesta, ni siquiera hace falta una mirada atenta para sentir que estamos ante imágenes-verso, con rima en femenino.
Las fotografías de Solitar nos hacen partícipes de un poema de brutalidad naturalista y sensibilidad casi mística, pues Solitar es también "una forma de luminiscencia espiritual" que, en ciertos momentos, sabe a reclusión ascética y a canalización de emociones contenidas.

Por eso hoy, no puedo hacer otra cosa que evitar extenderme para no robar tiempo al deseo de contemplar la exposición y por encima de todo, agradecer a Ena su generosidad con Mujeres en Igualdad y con el Foro Solidario de Caja Burgos, permitiendo exponer en España, estas imágenes de mujeres desamparadas y dignas, frágiles pero seguras, que nos miran con fuerza, que nos preguntan y nos desafían a mirarlas.




Fotografías brutales y delicadas, capaces de romper la tarde sacudiendo nuestra  indiferencia. Rostros geográficos, inquietantes paisajes vitales en sepia que parecen proceder directamente del barro  o de la  misma tierra.



Carmen García-Gallardo 
Comisaria de la exposición  

Eduardo Laborda, exposición “Retrospectiva 1972-2013” en la Lonja de Zaragoza






L.M.A.

El pintor Eduardo Laborda ha inaugurado la exposición “Retrospectiva 1972-2013” en la Lonja de Zaragoza. La muestra permanecerá abierta hasta finales del próximo mes de noviembre. La ciudad de Zaragoza es una de las imágenes más contempladas a lo largo de la trayectoria del pintor y la crítica de arte Julia Sáez-Angulo ha escrito al respecto en el catálogo:
         “Se sabe que el amor a una ciudad o a una casa se puede vivir con más pasión que a un ser humano. No sé si este será el caso del pintor Eduardo Laborda, pero lo que sí es cierto es que su amor y pasión por la ciudad de Zaragoza resulta notable en sus palabras, evidente en los hechos y visible en su pintura. Los cuadros que tienen como tema a la capital aragonesa, creados por los pinceles en sus manos, constituyen una serie importante, decisiva, dentro de su trabajo plástico.

         Cualquier espectador imagina al autor de esta obra artística como atento paseante citadino, mirando con ojo de pintor las avenidas y las calles, subiendo a los áticos, terrazas y terrados, como el personaje de la novela “El diablo Cojuelo” de Luis Vélez de Guevara (Écija. Sevilla, 1579 – Madrid, 1644), donde el protagonista, contempla desde la altura de los tejados las casas, la vida y las andanzas de los ciudadanos escondidos dentro de los muros.
         Eduardo Laborda no es un pícaro interesado en las vidas ajenas, sino un espectador cualificado, un artista que atisba la ciudad desde lo alto y se deja invadir por ella, por su luz, por la morfología de sus edificios, torres, pináculos, espadañas, cúpulas cerámicas policromadas o chimeneas, por sus ruinas, huecos, solares y bardales, como muelas ahuecadas a la espera de su reconstrucción, así como por sus edificios fabriles excéntricos y en decadencia. Después de la mirada llega el pensamiento, la emoción, el sentimiento y el deseo de pintar. Me viene a la memoria el pasaje evangélico en el que Cristo miró a Jerusalén desde lo alto, la ciudad que amaba y admiraba, y no pudo por menos que emocionarse y llorar, a sabiendas de la destrucción que la aguardaba muy pronto junto a su templo, en el año 73, por las tropas romanas de Tito). 

         Frente a la mirada del artista en su etapa anterior sobre la estatuaria mitológica o alegórica de monumentos zaragozanos, la contemplación más reciente del pintor se ha hecho quizás más atenta, reflexiva, melancólica, ensimismada, a veces ligeramente romántica, casi onírica –que no surrealista- por el vacío humano de los espacios, por su soledad. Una mirada que en sus últimos cuadros cobra una visión cinematográfica, como de elección de escenarios para filmar una película, para recrear su estética, para testimoniar unas presencias y ausencias de arquitecturas que van conformando el perfil del lugar, el sky line, la línea que bordea los edificios y define su contorno. En suma, el dibujo como base de la pintura, que revela la ciudad como una extraña y asombrosa construcción de los hombres a lo largo de la historia. Una ciudad erguida de altura y modernidad, al tiempo que herida por las presencias y ausencias del pasado y el presente, que borra o diluye la definición de los espacios.
         El propio artista manifestó en una entrevista su interés por el suelo de su ciudad: “Zaragoza es la ciudad herida. Estos escorchones hablan de una batalla estética entre lo que ha sido la ciudad y lo que va a ser”. De aquí que aparezcan en sus obras, escombros, maquinetas, artefactos en desuso, un solo coche, y que haya un cierto aire de catástrofe. “Nunca sabes si el desastre ha sucedido ya o está a punto de suceder. En una de esas casas estaba la sirena que avisaba de los bombardeos o quizás de las plagas”, concluye Laborda al hablar de su reciente cuadro Iris del Coso alto (2012), en el que aparece la vía urbana desolada, brumosa, solitaria y en obras como una constante, en este caso sin artilugios.
         Al pintor no le interesa el realismo per sé, el calco del modelo real, sino su significación simbólica y artística, de ahí que su pintura cobre tintes de alegoría o metáfora. Una interpretación que trasciende la ciudad. Recordemos que la definición de alegoría en el DRAE, en su tercera acepción referida al arte dice: representación simbólica de ideas abstractas por medio de figuras, grupos de estas o atributos.

         Además de la Alegoría de Zaragoza, dentro de la trilogía de Aragón, Eduardo Laborda concibió la idea de crear tres grandes panorámicas de Zaragoza: la primera la más antigua, al modo en que concebían los grandes de la pintura orientalista, apartado en el que estaría La ciudad de las mil torres (2010) o Calle Mayor con la torre de la iglesia de La Magdalena como eje o Santiago; la segunda, con la parte moderna de la ciudad, que es la visión opuesta, es el caso de los cuadros Estación norte o ciertos edificios fabriles y en la tercera, el Coso, como la vía fundamental más viva de la urbe en el cuadro Iris del Coso alto (2012).

 Se me antoja que es sobre todo en el gran cuadro titulado Iris del Coso alto, composición bella y audaz que mide 150 x 275 cm., donde parece cristalizar por antonomasia como en ningún otro cuadro, la visión poética, afectiva, simbolista y cinematográfica, –tal vez barroca, señala Antón Castro- del autor. Hay que recordar que Eduardo Laborda es también director de cine, por lo que su ojo está igualmente conformado en esta dirección de la imagen.



Iris del Coso alto es una obra ambiciosa, excepcional -obra maestra me atrevería a decir- dentro de la producción pictórica de Eduardo Laborda, con la que habrá que contar siempre para plasmar Zaragoza de modo artístico y real al mismo tiempo. Iris del Coso alto supuso casi ocho meses de intensa concentración y paciente trabajo para el pintor, pero la obra ha valido la pena y el esfuerzo; será siempre señalada como una joya dentro de su repertorio iconográfico de la ciudad. Una pieza que siempre será citada como culmen del logro artístico del autor.
         El Coso es una vía clave de Zaragoza, un lugar donde se siente el pálpito del corazón de la ciudad, como diría el sabio arquitecto italiano Giulio Carlo Argán (Turín, 1909 – Roma, 1992) –el que fuera alcalde de Roma. Cuando los ciudadanos o visitantes llegan al centro u ombligo de la urbe se sienten importantes, algo así como arrebatados al mismo protagonismo de la historia de la ciudad. El ciudadano necesita visitar periódicamente el núcleo original y principal de la ciudad, para mejor integrarse en ella, señala Argán con intuición y acierto. En el caso de Zaragoza, ese corazón late junto al Coso.
         Para Eduardo Laborda, el Coso alto es “el lugar arquitectónico que mejor define la ciudad, aquí estuvo el Coso romano donde se celebraron las grandes fiestas báquicas. Aquí están los ecos de la Zaragoza antigua y renacentista y están algunos edificios eclécticos. El Casino Mercantil es como un buque insignia de la cultura del último siglo en Aragón: allí expusieron clásicos y modernos. Por ahí pasó Einstein, se hicieron los salones de humoristas…”.




         El Casino Mercantil con que arranca el cuadro, guarda también una colección de paisajes y florestas pintadas en plafones y paneles por Iris Lázaro (Soria, 1952), la compañera de Eduardo Laborda, a la que el pintor incorpora como personaje del cuadro y en el mismo título: Iris del Coso alto, jugando con una ambigüedad calculada. La imagen de la pintora aparece tras el reflejo de los cristales en una esquina de la obra, con la mano derecha elevada como si estuviera pintado, ya que su brazo izquierdo se apoya en la cadera a modo de contrapeso y su mirada se dirige a lo alto de un supuesto panel. ¿Es así? Hay que respetar siempre el misterio de un cuadro, nos enseña la acendrada crítica de arte.
         Iris del Coso alto abarca, entre otros edificios, el Casino Mercantil, del arquitecto aragonés Francisco Albiñana (Zaragoza, 1887 – 1936), frente al palacio de Sástago, hasta la casa que fue el antiguo cine Ena Victoria, luego Restaurante Savoy,  La Adriática o La Droga Alfonso, donde residió la familia de Luis Buñuel. Los reflejos del ventanal revelan de modo sutil la cercana plaza de España.
                  Eduardo Laborda confiesa que Iris del Coso alto “es un cuadro cinematográfico. Hay muchas películas dentro y homenajes explícitos. A Iris y a Francisco Pradilla, que fue rechazado para pintar en el palacio de Sástago”. Un reconocido homenaje del pintor a su compañera, lo que indica que su claro amor por la ciudad no resta el deseado reconocimiento y homenaje a Iris Lázaro que también es pintora.

Defensa del patrimonio histórico-artístico

El pintor e Iris han ha sido siempre sensibles y activos en la defensa del patrimonio histórico artístico de Zaragoza y de todo Aragón, tarea en la que han empeñado energía y esfuerzos, y que no siempre ha encontrado el respeto o la comprensión deseada, ni se ha logrado el objetivo buscado. Los intereses creados pesan siempre en la gran urbe. Ambos artistas son miembros fundadores de la Asociación Pública para la defensa del Patrimonio Aragonés. APUDERA, que otorga galardones de reconocimiento o denuncia ante la actitud o conducta sobre la riqueza histórico-artística de la Comunidad. Son muy conscientes de que la sociedad civil ha de velar por el patrimonio histórico y artístico frente a los abusos, la desidia, desmanes o especulación de los distintos poderes que dominan en la sociedad; dejarlo solo en manos de regidores, políticos, urbanistas y empresarios es muy arriesgado, acabarían con  la ciudad Zaragoza o el Aragón que hay que proteger.

Todo esto queda dicho para entender mejor el concepto y la factura de muchos de los cuadros del pintor aragonés. Él va más allí del “se ama y se canta lo que se pierde”. No le gusta quedarse de  brazos cruzados, aunque en su pintura pueda parecer que se deja mecer en la melancolía.
Eduardo Laborda, versátil y proteico en sus actividades, sería -es- un animador cultural en la calificación de la Unesco, por la capacidad de trabajo en diversos aspectos siempre dentro de la cultura y el patrimonio que son “lo suyo”. Es coleccionista de antigüedades y vejerías, tertuliano animado, realizador cinematográfico o director de las revistas como Pasarela  o La Avispa…, en todo ello ha dejado constancia de todas sus inquietudes en el campo del patrimonio, la pintura, el dibujo, la arquitectura, la ciudad, el urbanismo, el cine… El artista siente una curiosidad universal por todos los referentes en las artes plásticas y visuales. Algún crítico como Armando Serrano lo ha calificado de “cazador de sueños”.




viernes, 4 de octubre de 2013

“El Caballero de Olmedo”, con ecos de tragedia griega en el Teatro Fernán Gómez










Julia Sáez-Angulo

         “Que de noche le mataron/ al caballero/ la gala de Medina/ la flor de Olmedo”. Esta copla dio lugar a la creación de una tragedia por el comediógrafo del siglo de Oro, Lope de Vega y ahora puede verse en una singular puesta en escena en el madrileña Teatro Fernán Gómez.

         La obra, que estará en cartel hasta el próximo 3 de noviembre, cuenta con el elenco de Javier Veiga en el caballero Don Alonso; Marta Hazas en Doña Inés; José Manuel Seda, Don Rodrigo; Enrique Arce, Tello; Encarna Gómez, Fabia; Jordi Soler en Don Pedro; Andrea Solo, en doña Leonor y Alejandro Navamuel en Don Fernando.

La dirección inteligente corre a cargo de Mariano de Paco Serrano. Cristina Martínez ha diseñado un hermoso vestuario. La iluminación de Nicolás Fischtel ayuda a ambientar la obra lopesca, una de las más elogiadas de su producción, que grana el conceptualismo del siglo de Oro, con un verso lleno de elogios a la naturaleza –casi modernismo avant la lettre- y ecos de mitología.

         Los coros de la tragedia griega se hacen sentir desde el principio con una cantinela femenina triste ante un sepelio, el del cabalero de Olmedo sorprendido en la noche por unos traidores despechados, dos caballeros de Medina avergonzados por el triunfo taurino y amoroso de Don Alonso, un forastero. Una tragedia rural que se ha perdurado a lo largo de los siglos en España.

         Ocho actores que dan vida a la tragedia, presentida por el protagonista y transmitida al espectador al modo griego, por el autor y la representación. Travestidos con cabezas de toro, al modo de minotauros humanos, los actores parecen multiplicarse en los distintos actores presentes en la tragedia. Los espacios se van definiendo con lanzas y cintas en las gradas previas del escenario.

         No es fácil ver teatro clásico en el Centro Cultural Fernán Gómez, por lo que se agradece cuando se hace con inteligencia y en medio de programaciones a veces mediocres en la cartelera madrileña.

Más información:









         

Ediciones Cátedra celebra los 30 años de Letras Universales con una colección conmemorativa


  







L.M.A.


Con motivo del 30 aniversario de la colección Letras Universales, Ediciones Cátedra publica una colección conmemorativa, con nuevas cubiertas y en formato 13x20, que reúne en edición especial algunos títulos emblemáticos de la colección que forman parte del patrimonio de la literatura universal.

Además, se publica en esta colección un volumen antología que recoge una selección de poemas incluidos en las distintas ediciones de Letras Universales dedicadas a la poesía: Antología Cátedra de Poesía de las Letras Universales.

La Antología, edición de José Francisco Ruiz Casanova, reúne obras clásicas y modernas de todos los tiempos y de diversas lenguas (griego, latín, árabe, chino, francés, rumano, portugués, italiano, inglés, alemán y ruso), procedentes de los setenta volúmenes dedicados a la poesía (libros completos, antologías de autor, antologías panorámicas de época), de entre los más de 470 títulos que, a día de hoy, forman la colección Letras Universales.


Los títulos que forman la colección especial aniversario


- Madame Bovary

- Las flores del mal

- Crimen y castigo

- Orgullo y prejuicio

- Las desventuras del joven
  Werther

- Romeo y Julieta

- La transformación y otros relatos

- Antología Cátedra de Poesía de las Letras   Universales